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Archive for the “Escritos” Category

Textos, narraciones, historias, poemas, etc., creados por mí (o citados)

La pregunta surgió hoy después de ver una hermosa película llamada “Diario de una Ninfómana”, la historia de una joven y atractiva mujer adicta al sexo que es capaz de cambiar su estilo de vivir en razón del amor, al menos en el momento de su vida donde llegó el codiciado enamoramiento. Es probable que su motivación en la vida no fuese el amor puro como muchas otras formas convencionales. Pero, quién tiene una forma de amar predefinida.
Cuando llega el amor a la vida de las personas, hasta el más duro es capaz de derretirse como un trocito de mantequilla al sol. Tengo tantos amigos que en la vida se han planteado como pseudo machos alfa que han tenido que ver doblegada su impetuosidad cuando aparece la esquiva mujer de sus sueños. Sin imaginarlo se ven envueltos en la relación en la que jamás se imaginaron ser protagonistas.
A la inversa hay personas que buscan desesperadamente el amor de la vida. Es en este caso cuando más se busca cuando pareciera ser más esquivo que nunca.

Existen personas que sólo saben amar sin comprometerse lo suficiente, y existen otras personas que no saben amar de otra forma que no sea entregándose en cuerpo y alma.

En el caso de la película que mencioné, sus protagonistas sabían amar realmente las sensaciones y acciones pasajeras, finalmente el amor propio es más fuerte que el amor hacia el otro.

Hay personas que aprenden a amar aceptando a su pareja, queriéndola y proyectándose hacia el futuro, viven en función de su ser amado. En este último caso es más común, que el deseo, la pasión y el sentimiento de compañerismo vayan de la mano, pero es éste complemento el más difícil de encontrar y por lo general es el único que perdura.

Hay amores con libertad y otros amores posesivos; hay amores únicos y amores compartidos; hay amores puros y amores indecentes; hay amores honestos y amores mentirosos; hay amores de verdad y amores de apariencias; hay amores solitarios y amores compañeros; hay amores del alma y amores del cuerpo.

Finalmente ¿es solamente amor el que logra trascender en el tiempo?
A mi parecer no. Cada uno tiene su príncipe azul o la chica de sus sueños en un momento determinado de la vida, hay veces en que el amor se acaba y otros caso en donde resulta ser para toda la vida. En consecuencia sólo va a traducirse en un asunto de estilos, no es más que el formato al amar.

¿Cuál es nuestro molde?

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Los dejo nuevamente con una reflexión de las cosas que nos hacen ¡click! en nuestra vida cotidiana.

En la vida me he cuestionado bastantes veces ¿por qué la gente miente?

En todo ámbito de cosas la gente inventa situaciones de las que luego debiera arrepentirse, más si ha mentido en mi presencia.

Punto a parte para ello. Soy dueña de una sensibilidad nata; un sexto sentido lo llamarían los esotéricos, un trastorno paranoide diría mi psiquiatra… Yo lo llamo mis pequeños demonios de colores.

El asunto es que aunque la gente trate de engañarme, en el mejor de los casos, se llevará en respuesta una falsa mueca de conformidad fingida.

Muchos pensarán que es una gran habilidad. Pues no lo es. Soy más bien de la filosofía “una mentira que te haga feliz, vale más que una verdad que te amargue la vida”, como diría melosamente Arjona.

La pregunta frente a todo tipo de quimeras de la vida es ¿por qué? Qué podrá pasar por la mente de una persona al mentir.

Por bien, no estoy muy lejos de la respuesta, pues en algunas oportunidades la mejor salida de una callejón oscuro es una mentirilla, de las que cuando hablamos cruzamos los dedos en la espalda. ¿Quién no? Es que es parte de la naturaleza humana. Un pecado capital habría dicho mi tía, pero hay situaciones que dejan de tener una explicación lógica. Son las que yo llamo mentiras enfermizas sanas o las que conozco como las mentiras enfermizas sin diagnóstico.

La primera de las situaciones se da cuando alguien miente compulsivamente, de forma relativa a su vida pública. Un complejo de inferioridad mal estimado. Quien aparenta tener una vida llena de lujos imaginarios; que detenta una situación económica que es un espejismo; que se aparta de la realidad pero que finalmente no daña a nadie más que a quien sufre por no tener las cosas que dice tener.

Tuve un amigo que sufría de estas mentiras enfermizas sanas. Siempre aparentó tener cosas que jamás podría haber logrado adquirir. Vivía modestamente en contraste con la opulencia de la que alardeaba. Sin embargo, ha sido una de las personas más valiosas que he conocido. Lamentablemente su existencia llena de agasajos imaginarios le pasó la cuenta. No pudo tapar más mentiras y se quitó la vida. Aún me cuestiono muchas cosas, pude haber hecho mucho, pero mi corta edad no me permitió hacer nada. Sin embargo, su corazón era puro y sano. ¿Contradictorio, no?

El segundo caso es más alarmante. Trata de aquellas personas que mienten por mentir y respecto a todo; para guardar las apariencias y también porque sí. Nunca he logrado entender a este segundo grupo. ¿Qué tienen mal?

Lo más probable es que no hayan buscado la ayuda de un especialista, pero creo que aunque lo hicieran lograrían convencer al médico de que están sanos y no tienen ningún inconveniente. Qué dilema.

En este segundo caso encontramos a gente que daña a otros con sus engaños, que inventan cosas buenas de ellos y cosas malas del entorno que los rodea.

Cómo un corazón puede soportar tanto peso, con lo desgastante que debe ser mantener todo el día y todos los días una imagen y además recordar todas las cosas que se han inventado para no quedar en evidencia. Agotador.

En la vida he conocido a muchas personas con ese problema. Y, por lo general, es gente que comete el mismo error vez tras vez y jamás aprende su lección.

Finalmente, se quedan solos y deben soportar la angustia de no poder mirar jamás a nadie a la cara y son incapaces de buscar ayuda por vergüenza. La vergüenza de reconocer que todo lo que se ocultó a como diera lugar no era cierto. La energía puesta en demostrar a toda costa que lo dicho es real no puede ser desperdiciada y se continúan tapando mentiras con más mentiras. A la postre, se termina por mentir a sí mismo, se auto convencen de sus historias… Pero me pregunto, ¿de qué les sirve?

Con los años he aprendido a ver la vida como un don hermoso que se nos ha dado. No es fácil de recorrer, pero debemos intentarlo y si hay una buena forma de hacerlo es con la frente en alto, con la cara limpia y sin mentiras.

Las mentiras empañan las relaciones, esconden a quién somos en verdad: la persona más valiosa jamás creada, que no intenta ser nadie más que la criatura única e irrepetible que es. De esta forma, quien nos quiera nos deberá querer tal cual. Por lo que somos y no por lo que intentamos ser.

Vivir es la única recomendación que puedo dar, aunque nadie me crea, pues bien, no amé mi vida hasta ahora y quién sabe si me dure hasta mañana.

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Éste es el inicio de una serie de verdades que pretendo poner sobre la mesa. Gracias a mi querido Alohran, hoy cuento con espacio que muchas veces busqué y que hoy me permite inmortalizar mis reflexiones y palabras. Gracias por su tiempo y honestidad.

Un día un extraño me dijo que podría hacer cuantas cosas me propusiera. Que cuando alguien deseaba algo realmente fuerte, todo el universo conspira para que aquello se cumpla. Posteriormente, leí la misma idea en un libro, lo escuché en una canción, me lo dijo una profesora y así sucesivamente durante un tiempo se convirtió en mi consigna de vida.

Con los años, la experiencia adquirida, los vaivenes de la vida, las traiciones y las desilusiones nos curten de una falta de optimismo frente a todo aquello en lo que pretendemos incursionar. Nos volvemos miedosos, nos hacemos viejos llenos de dudas, sin chance de arriesgarnos. De esta forma, la consigna de mi vida pasó a ser “sólo haz aquellas cosas que seguramente resultarán”. Su significado es obvio: “no te arriesgues, hagas lo que hagas no va a resultar”.

Es irónico imaginar que somos los dueños de nuestras vidas, que podemos gobernarnos como señalarían los puristas “según la autonomía de la voluntad”. La realidad escapa de ello viviendo en una sociedad que, más que permitirnos hacer todo lo que no está prohibido, nos deja hacer sólo aquello que está permitido. Nos volvemos unos perdedores de la realidad, nos dejamos vencer por las dudas y los miedos y aunque todo el universo conspirara a nuestro favor, buscaríamos la forma de doblarle la mano a los buenos augurios universales.

¿La razón? El miedo. Miedo a aceptar que somos capaces de lograr todo lo que nos proponemos. El problema radica en desearlo con toda la fuerza del corazón. Nunca hemos de tomar un riesgo que no sabemos cómo va a canalizarse.

Cualquiera sea el futuro que nos aguarde no lo aceptaremos por el simple motivo de ser muy bueno para ser cierto. Entonces nos negaremos a luchar por ello y realmente no lo estaremos deseando, haremos las cosas con la conciencia de no resultar y como sabiamente me dijo un jovencito ayer, qué podemos hacer si “sólo somos humanos”.

Es cierto, mi estimado, sólo somos humanos, tenemos millones de defectos que condicionan nuestra forma de vivir. Pero creo que son el precedente para comenzar de cero.

El mejor ejemplo que puedo dar es que a todos nos gustan las causas perdidas. Yo soy una causa perdida muchas veces y ello no ha sido impedimento para salir adelante con todo lo bueno y aún más con todo lo malo. Pero es cierto, soy sólo un humano. Por tanto soy un ser ontológicamente superior, tengo capacidad de autodeterminarme por el simple hecho de poseer todo lo que un animal no tiene: razón.

Mañana saldré a la calle queriendo hacer todo lo que soñé no tener jamás; haré lo que nadie se ha atrevido a hacer jamás; voy a cambiar el mundo; voy a sonreír y a robarle al mundo una sonrisa que nos hará felices para siempre.

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Parecía como si el tiempo fuese a ser eterno, como si cada día fuese a tener 60 horas en vez de 24. Eso pensaba el Comité de Defensa Interna cuando comenzó a observar el horizonte ante la guerra que estaba a punto de explotar. No sabían con cuantos aliados contaban, con cuanta fuerza ni cuanta resistencia podrían oponer a los bandos enemigos, que le superaban en demasía. Los registros históricos de la nación señalaban derrotas consecutivas y casi invariables a lo largo del tiempo, a veces con horrorosas pérdidas y sacrificados. Aún así, existían también registros (aunque contabilizables con los dedos de una mano) de atisbos de victoria y batallas vencidas inspiraron a las nuevas generaciones a enfrentar a la coalición de archirrivales de la nación incontables veces y con incontables estrategias.

Pero hubo un tiempo de receso. Hubo una generación que decidió no actuar y repetir los actos ocurridos, sino enfocarse en otro aspecto: estrategizar. Aprender. Estudiar. Año tras año de su desarrollo fueron aprendiendo e interiorizando cada una de las experiencias de sus antecesores, y observando analíticamente donde estuvieron las fallas, los errores, las debilidades. Cada flanco débil fue cuidadosamente considerado y planificado para el gran día. Cada fuerza de los rivales fue calculada, aún cuando se pensaba que quizas el cálculo estaba siendo menor a lo debido. Y así, pasaron los años hasta que esta nueva generación de guerreros preparó su estrategia y se puso en marcha la que sería conocida después como “La Operación 15 Semanas” (en sigla FW, Fifteen Weeks).

Los soldados salieron al campo de batalla y comenzaron su recorrido. Sus líderes, audaces -pero a la vez, cautelosos y analíticos- estrategas recibían información en tiempo real de todo o que aconteciera en el campo de batalla, para redelinear la estrategia según surgieran pérdidas o victorias. En la semana N°1, los objetivos fueron centrales: adjudicarse el territorio más contiguo a la capital, aquel donde se encontraban requisadas desde hacía décadas los armamentos y equipamientos más poderosos de la ahora empequeñecida nación, territorio fuertemente custodiado por los enemigos. A su vez, se envió una tropa a realizar reconocimiento de territorios y de fuerza enemiga, y finalmente, el rescate de soldados prisioneros de guerra que por largo tiempo habían estado separados de su hogar.

Respecto al primer objetivo, los resultados no fueron los esperados. La resistencia de quienes custodiaban el arsenal fue férrea, y no fue posible obtener dicho territorio, mermando en parte la moral del ejército. Pero a la par, los otros dos objetivos se cumplían superando las expectativas que se tenían, y nuevas estrategias habían sido tomadas y aplicadas en el   momento preciso gracias a la rapidez de entrega de información. Al terminar la semana se lamentó la pérdida de grandes y valientes soldados, mas su muerte no sería en vano, pues entregarían información vital para el éxito de la campaña en las siguientes semanas por venir.

Así, se fijo para la segunda semana tres nuevos objetivos: la recuperación si o si del arsenalero y los territorios subyacentes como máxima prioridad; el entrenamiento de la fuerza especial I (”Inquebrantable”) para las operaciones de invasión y allanamiento, y el envío de dos tropas a reconocimiento y evaluación de territorios.

En el horizonte la luna se apoderaba del cielo, mas las nubes cubrían su luz tiñéndola de un rojizo manto nocturno. A pocas horas de empezar la 2da semana, los soldados ya estaban preparados. La operación 15 semanas era ya una realidad.

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A pesar del fuerte viento y la lluvia torrencial que caía sobre sus hombros, él continuaba con su batalla sin cesar. Su larga capa de oscuro carmesí danzaba en los aires mientras, sobre ella, un sinfin de gotas salpicaban.

Un poco más atrás, otro guerrero se abalanzaba sobre él. Recibiendo directamente un lance de esa gran espada sobre su hombro derecho, él se tambaleó por unos instantes, mas rápidamente se incorporó y rechazó el arma rival con un fuerte golpe. Desarmado, su rival se quedó atónito, y recibió una certera estocada en el estómago, que cerró definitivamente la batalla.

Un lodazal se formaba en el suelo, producto del aguacer que caía en conjunto con la constante marea roja que era bebida por la otrora fértil tierra. Cada paso que él daba dejaba una profunda huella dibujada, que luego quedarían estampadas como la señal de otro de sus combates. Al costado de ellas, una delgada línea iba marcando el camino, mientras -cansado- arrastraba su espada por el suelo.

Fueron varios kilómetros los caminados, antes de volver a casa. Cansado, con los hombros adoloridos y con las manos cansadas, finalmente estaba bajo su techo, en su hogar, donde finalmente podía ser libre y desprenderse de su armadura.

Pero sorpresa. Su armadura no cedió. Los sellos y seguros se encontraban absolutamente trabados, oxidados tras tantas batallas consecutivas, y bloqueados entre las lágrimas del triste cielo que observara su luchar. Por más que lo intentara, forzara o empujara, la armadura no cedió ni un milímetro. Y el cansancio hacía de dicha tarea algo mucho más imposible de realizar.

Sin darse cuenta, cayó de bruces al suelo. La fatiga comenzaba a reclamar su espacio, y las fuerzas le abandonaban. Tras luchar unos momentos por volver a levantarse, se dió cuenta que aquella era una tarea infructuosa e inútil. Con la mayor suavidad posible, se recostó en el piso para descansar. Los músculos del cuerpo se encontraban adoloridos, tensos e inflamados, lo que hacía que -además del óxido de los seguros- las piezas de la armadura estuvieran mucho más atascadas junto a su cuerpo.

“Quizás” -pensó- “quizás llevo demasiado tiempo combatiendo, y portando una armadura que ya no sentía como armadura. Quizás llevo demasiado tiempo siendo la primera línea, y sin darme cuenta, me he quedado sólo. Quizás he sido tan firme que olvidé mi propia fragilidad. Quisiera quitármela, y poder volver a ser quien realmente soy… si es que aún recuerdo como era ello”.

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(Recomiendo leer el siguiente texto con el audio sugerido arriba)

Suspiros… suspiros que emanan desde el alma, con esencias del pasado y con tinturas del presente. Suspiros que llevan en su aire lo profundo de un corazón, un recuerdo, un sentimiento y hasta un pensamiento. Suspiros impregnados de nostalgia, melancolía y una pizca de rememoranza, por aquello que estuvo y que ya no está.

Son suspiros, todos, pequeñas (o gigantes) bocanadas de aire que se toma desde fuera, se recicla en los pulmones y se maquilla con todos los coloretes, adornos, tatuajes e insignias que el corazón tenga a mano. Son pequeños tornaditos que en su camino absorben y arrasan con un sinfin de cosas, desde cicatrices hasta alegrías. Suspiros eyectados por la imagen frente a los ojos, por el aroma que impregna el olfato, por el déjà vú de un asiento, un piso, un pasto donde antes confluyeran otros personajes, y donde su esencia quedó de alguna forma inmortalizada. Suspiros que pueden ser desde una brisa costera a un denso smog capitalino. Son todos suspiros, todos trocitos de algo que quedó inconcluso, de un residuo o un brote. Es la “defragmentación” de lo que está desordenado, de lo que necesita recuperar su lugar de origen. Suspiros que calan el alma y que enfrían los labios. Suspiros que ensanchan un vientre y lo aplanan súbitamente. Suspiros que, tartamudos, elevan entrecortadamente la respiración hasta su límite y la dejan escapar en una catarata de tibio aire.

Suspiros. Suspiros como los de hoy, los de ayer, los de ahora. Y quizás los de mañana. Suspiros como los tuyos, por quizás qué de todo lo que pensabas. Suspiros como los míos, surgidos desde tus suspiros o desde los míos propios. Suspiros como besos sin destino, o como anhelando ser aquel destino. Suspiros como caricias indiscretas y encubiertas sobre tu cabello o tu piel, o sobre la intención de que fuesen directos y concretos. Suspiros.

Suspiros como aquellos que ahora acompañan el coro de aquellas canciones. Como aquellos que esperaban verte y no te vieron. Como aquellos de lo que se esperaba que ocurriese y no ocurrió. Como aquellos de las expectativas no cumplidas, o de aquellas que fracasaron. Suspiros que nacen en los labios o en la punta de la nariz. Suspiros y más suspiros, por otra jornada donde todo pudo ser A, pero fue J. Y donde lo último que se esperaba era terminar en suspiros, mas todo confluyó hacia allá.

Suspiros.

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El siguiente es un relato ficticio, basado en la antigua Roma. Tiene sus orígenes en un juego que descubrimos con mi viejo hace un tiempo (en realidad él lo encontró y yo me sumé XD), llamado Gladiatus, Hero of Rome. Los invito a participar del juego, y a disfrutar de la siguiente historia =). Es el primer “capítulo” de uno serie de varios que espero poder escribir =).
(Si se suman al juego, háganlo por medio de este link
***
Expedición de las Sombras
Capítulo I
***

Clank, clank, clank.

Paso a paso, los pesados metales de las armaduras resonaban al chocarse hombreras con pecheras, botas con rodilleras, y así sucesivamente. Cuatro hombres observaban, a pocos pasos de distancia, la fornida espalda del jóven guerrero que había solicitado sus servicios por medio de considerables sumas de oro. A más de alguno les sorprendió el ver a tan jóven luchador pararse frente a ellos de igual a igual, ordenándoles seguirle, y viendo como sus carcajadas de respuesta eran silenciadas por el tintineo de las monedas doradas que caían en sus manos.

- Osado el mocoso -murmuró ShakaZulu a su colega Borborius- pero se ve que es un guerrero entrenado.
- Tienes razón, Zulu -sonrió Borborius- esto puede ser interesante.

Pasos más atrás, dos ancianos, cubiertos de trapos y acompañando cada pisada con un largo bastón de madera, escuchaban los comentarios de los mercenarios. Entre sus ropas cargaban pequeñas bolsas con hierbas de distintas especies, y pociones variadas.

- Ojalá su osadía no se transforme también en estupidez. No quiero tener que usar todos mis recursos en una tropa de estúpidos suicidas.
- Si usas todos tus elementos, es porque has perdido el toque, viejo inútil -rió Icónicus, mercenario curandero, respondiendo a las palabras de Asumáricus, su quinto hermano. En algún momento fueron fieros combatientes y honrados continuamente tras las batallas del Imperio; ahora, sólo eran dos viejos y menospreciados mercenarios ancianos.

El grupo avanzaba a paso seguro y firme en dirección a los Bosques Oscuros. Horas antes, el gordo Tabernero había colgado en la entrada de su posada una misión bien recompensada, solicitada por una noble familia, para rescatar a uno de sus sirvientes más preciados. Este había ido en busca de maderas especiales de los Bosques Oscuros, y nunca regresó. Ante esto, el guerrero Arthorius vió una excelente oportunidad de ganar fortuna y fama, para mejorar su entrenamiento y sus armaduras en pos de coronarse como el campeón de la Arena, dentro de su categoría.

Poco a poco, las elevadas copas de los árboles se hacían más presentes e imponentes. Arthorius detuvo su paso en seco, y cogió su espada desde su cinto.

- Huele a sangre -comentó- Mercenarios, preparaos.

Borborius se situó frente a su empleador, y Zulu a uno de sus costados. Un poco más atrás, los dos curanderos preparaban ya sus pociones y conjuros en caso de cualquier ataque. Lentamente, y en esa nueva formación, atravesaron los grandes Troncos Cruzados, una formación natural de árboles que señalaba la entrada al Bosque. A los pocos pasos de haber entrado, el olor a sangre se hizo cada vez más notorio y penetrante.

- Mire, mi señor. Veo sangre en ese árbol -señaló Zulu.

Arthorius observó el árbol con cuidado, y tras este, pudo apreciar el desgarrado cadáver de un jóven con precarias vestimentas. A su lado yacía una pila de maderos.

- Maldición -exclamó Arthorius- el bastardo ha sido asesinado. Tendremos que llevar su cuerpo a sus patrones para cobrar el dinero del rescate solicitado.
- Essssssso… ¡SI LOGRAN SALIR DE AQUÍ! -gritó alguien, oculto entre los arbustos. Arthorius y su grupo reasumieron la formación de combate, y observaron los alrededores. A pocos metros del cadaver, un calvo forajido se hizo ver, las manos cubiertas de sangre y la boca también.

- ¿Pero que demonios? -se sorprendió Arthorius, robando las palabras que sus cuatro mercenarios pensaban en ese segundo. Sosteniendo firmemente la espada, observaron tensamente las acciones de su sorpresivo enemigo.

- El maldito idiota no quisssso entregarme sussss pertenenciasssss… ¡Y PEOR AÚN, QUISO CORRER! No me dejó otra alternativa QUE TRATARLO COMO UN SUCIO PERRO… bwaaaHHAhAhahAHahAHA -rió el Asesino.
- Por tu estupidez hemos perdido una misión -sonrió Arthorius-. Pero no está todo perdido. Si llevo tu cabeza a los dueños del bastardo que asesinaste, mi recompensa se verá multiplicada. ¡Prepárate a morir!

El guerrero sacó a relucir todo su entrenamiento, basado en las legendarias artes Espartanas, y se lanzó en frontal ataque a su rival. Rápidamente lanzó una estocada a su flanco, mas el asesino la evadió con relativa facilidad. Sin dar pié a descanso alguno, Arthorius giró sobre sus talones y arremetió nuevamente, siendo esta vez detenida su estocada con el filo de dos cuchillas que portaba el calvo agresor. Borborius extrajo su tridente e intentó atacar al asesino por la espalda, rasgando las ropas de este y rasguñando su piel, lo que enfureció a su enemigo. ShakaZulu por su parte lanzó un fuerte martillazo sobre la cabeza del agresor de su amo, pero el movimiento fué demasiado lento y muy fácil de evadir por el asesino. Rápidamente, este dió dos saltos sobre sus manos y se alejó unos pasos del grupo.

- Veo que no vienen con juegossssss ¡LOS BASTARDITOSSSSS!… pero eso PRECISAMENTE es ¡¡¡LO QUE ESTABA BUSCANDO!!!

Riendo con una tétrica carcajada, el asesino lamió las hojas de sus cuchillos y se lanzó sorpresivamente sobre Icónicus. Borborius se lanzó a interceptar el ataque, pero pronto comprendió que este era solo una finta. Antes de poder reaccionar, las dos cuchillas del asesino se habían clavado en sus muslos y habían desgarrado su carne, abriendo dos grandes agujeros de los cuales comenzó a brotar la sangre en gran cantidad, haciéndole caer de rodillas al suelo. ShakaZulu se quedó atónito, y por poco recibe un corte en el cuello, si no fuera por la ágil intervención de Arthorius bloqueando la daga rival. Asumáricus rápidamente corrió hacia Borborius a curar sus heridas, pero fue interceptado por el asesino que ya se había alejado de Arthorius. Tomando la mano del anciano, giró el brazo hacia su espalda haciendo crujir su hombro y neutralizando su brazo derecho por completo. El anciano, gritando de dolor, cayó al piso y comenzó a revolcarse, intentado aplacar de alguna forma el profundo sufrimiento que le producia la acción del loco asesino, quien cada vez que infligía algún daño reía más y más fuertemente.

Arthorius volvió a arremeter hacia el Asesino, y esta vez consiguió clavar la hoja de su espada en el brazo de su rival, que soltó un alarido de dolor. “Lo tengo” pensó el guerrero, cuando de pronto sintió un sorpresivo frio en el estómago. El alarido del asesino había desaparecido y en su lugar una sonrisa se dibujaba.

- Pensaste que me tenías… ¿NO, IDIOTA? -rió. En el vientre de Arthorius una de las dagas se encontraba clavada en su totalidad, y la sangre teñia la tela de su armadura de un intenso carmesí.
- Mal…dición… ¿Esto… esto era… esto era todo lo que podía hacer? -pensó, y cayó de bruces al piso. El asesino extrajo la daga de su vientre y lamió nuevamente el líquido que en esta se encontraba impregnado ahora.

- Mierda -murmuró Zulu, y luego miró de reojo a su compañero curandero- Icónicus, sólo estamos nosotros ahora. ¡Nuestra única oportunidad de sobrevivir es combatir juntos! Prepara tus—
- ¡A TU DERECHA! -gritó Icónicus, pero Zulu no alcanzó a reaccionar. Las filosas dagas del asesino se clavaban en
las palmas de sus manos y le hacían soltar el martillo, que cayó sobre sus pies quebrando sus huesos. El africano combatiente perdió toda noción del momento sucumbiendo ante el dolor. A su lado, Borborius yacía inconsciente, sobre la suave alfombra roja que su sangre había hecho en la hierba bajo él. Icónicus, por su parte, tropezó con sus propias ropas al querer escapar, y sintió como el pestilente aliento del asesino se acercaba cada vez más a él. Esperando su muerte, se sorprendió cuando el asesino dio la vuelta y se dedico a cortar y desgarrar la carne de los brazos, piernas, espaldas y vientres de los caidos guerreros y de su hermano Asumáricus. La escena era terrorífica, y en varios momentos sintió que se desmayaría, pero el mismo terror le mantenía consciente y atrapado en la escena. Cuando el desquiciado asesino sació su sed de sangre, y nuevamente había teñido su boca con la sangre de sus nuevas víctimas, guardó sus dagas nuevamente en sus fundas y se acercó a Icónicus.

- Te voy a perdonar LA VIDA, bastardo… por hoy ya he BEBIDO SUFICIENTE. Eres AFORTUNADO, ¡AGRADECEME! – dijo. Icónicus intentó coger su bastón, y el asesino pateó su cabeza fuertemente, dejándolo totalmente inconsciente. Icónicus vió como su vista se nublaba, y terminaba observando el cielo entre las tupidas hojas de los árboles que le rodeaban. Un poco más allá, Arthorius intentaba ponerse de pie. Colocando su mano en su vientre e intentando detener la hemorragia, se arrastró hacia Icónicus para despertarle. “Hoy me habeis rechazado en tus dominios, oh Plutón, y hoy os he fallado, Marte… mas no será este mi fin… ni será esta mi última historia” murmuró, antes de perder el conocimiento definitivamente, mientras Icónicus rápidamente comenzaba a trabajar en la herida de su vientre.

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Muchas personas (partiendo por mi, en este caso) han de haber experimentado en más de una ocasión la frustración que produce el recibir una “puñalada por la espada” luego de una amistad, relación, etc., en que dimos todo de nosotros para que al final, practicamente no importara. Muchas veces nos ha caído la actitud o reacción de la otra persona como un balde de hielo frío y bien sólido (porque además de ser muy amargo el trago, duele ene) en la cabeza, aún cuando en nuestro interés inicial jamás estuvo esperar que el otro estuviera a la par nuestra, o nos respondiera tal cual nosotros le dábamos.

Cuales boxeadores, sincera y puramente queríamos “dar sin recibir”, porque eso hacía feliz a la otra persona, y a la vez, a nosotros… o al menos, eso creíamos.

¿Que pasa entonces? ¿Por qué ese dolor tan profundo cuando la contraparte no responde a nuestro cariño de una forma similar o igual?

Sencillo. Es lo que vengo a denominar “teoría del efecto boomerang”.

Aún cuando en nuestra consciencia no estuviese el deseo primario de entregar cariño, amistad, o amor a alguien en pos de recibirlo de vuelta, si existe un deseo inconsciente y constante de que ello sea retribuído de alguna forma. Una sonrisa, una caricia, un gesto de vuelta, un mimo (no del tipo de cara blanca, sino un regaloneo ), cualquier cosa de ese tipo que llenase ese “pequeño espacio” en nuestro interior que entregamos a un otro importante y significativo para nosotros, y que nos vuelva a dejar completos y regocijados de haber sido recompensados por nuestra preocupación, dedicación e inclusive, por los pequeños detalles cotidianos que marcan las diferencias en una relación. En otras palabras, “lanzamos” un algo (el “boomerang”), deseando que vuelva a nosotros, ojalá, tal y como lo enviamos (o mejor).

Pero existe un problema clave. Esa espera generalmente es silenciosa y muda, donde jamás se le hace saber al otro lo que a uno le hace falta, o lo que uno siente que le hará bien, o que le podrá alegrar, pues suponemos que la otra persona, al igual que nosotros, actúa bajo un mismo esquema y una misma estructura de acción, y generalmente no es tal.

¿Que hacer, entonces?

La clave para aprender a lidiar con esto no es odiarle, tenerle malas o martirizarse pensando lo mucho que se sufre o se pasa mal. No tiene nada de malo, salvo por un “pequeñísimo” (pero a la vez, gigante) factor esencial: uno debería utilizar este boomerang, primero y antes que nada, con uno mismo. Luego de ello, cuando uno sabe entregarse a si mismo tanto como es capaz de entregar por los otros, se aprende también a comprender que los demás son los demás y muchas veces sus prioridades parten consigo mismos, y que por ello (o por enfocar sus respectivos boomerangs a otras personas) no responden de la misma forma a nosotros, porque su forma de entregarse a si mismos es distinta a la nuestra.

Ahora… si llegamos a toparnos con alguien en nuestra misma conducta, pueden pasar dos cosas:

  • Que los dos esten constantemente entregándoles más y más al otro, felices los dos, y que el boomerang cada vez vuele más y más lejos a causa de la constante retroalimentación entre ambas personas, o
  • Que lo mismo anterior se torne una carga, a causa de la necesidad de sentir que uno satisface las expectativas del otro (esperando que ese otro satisfaga las nuestras)
Asi que… ojo. A no olvidar nunca que la única persona con la que compartiremos eternamente cada segundo, hasta el último, es con nosotros mismos. Esto no significa volverse ermitaño o no pescar a nadie… sino que, para poder entregar bien a un otro, sin tener el vacío interno de esperar que ese otro nos retribuya o “rellene” con sus conductas, debemos tenerlo cubierto con nosotros mismos, cosa que en el momento en que un otro nos entregue parte de sí, no sea para “tapar vacíos”, sino para complementar y acrecentar nuestra alegría interior.

Saludos!

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El momento había llegado. Tras de mi, casi eran incontables aquellos que me acompañaban en mi objetivo. Habran sido cientos, que se yo. Y frente a nosotros, otros cientos estaban totalmente preparados para ir en el objetivo exactamente opuesto. Probablemente ambos bandos perderían muchos de sus integrantes en el desarrollo del proximo evento. Muchos se perderían al iniciar, otros en el intertanto, y pocos lograrían llegar sin contratiempos al objetivo que nos habíamos fijado, cada uno de nosotros.

El campo estaba listo. Ellos, nosotros, y una gran brecha vacía entre ambos lados. Frente a frente, concentrados al 100% en alcanzar la meta deseada. Solo faltaba la señal.

Una brisa corrió. Se extrañó la bola de espinos que diera más caracter a la situación, pero no siempre se puede tener todo.

Y ahí apareció. La señal que daba inicio a la campaña.

Como una sola gran masa, comenzamos nuestro caminar. Nuestros opositores hicieron lo mismo. Paso a paso, el suelo retumbó. Nuestras manos aferraban fuertemente aquello que cargaban, y se aprestaban al momento del gran choque, para evadir a los contrarios y vencer. Bum, bum, bum, bum, resonaban las pisadas, y finalmente los dos cabecillas nos encontramos frente a frente. Apenas y pude evadir la colisión, y adentrarme entre el mar humano que frente a mi se divisaba. De reojo pude percibir como algunos de mis compañeros eran detenidos por los adversarios, desviados e inclusive, devorados por la horda que enfrentaban. Me incliné lado a lado, me agaché, frené y avancé, evadiendo cual danza coreográfica a mis rivales uno tras otro. Era mi única oportunidad; si fallaba, mi vida podría quedar altamente en peligro.

Sólo un poco más. Sólo unos pasos más…

El último adversario parecía estar dispuesto a impedir que alcanzáramos nuestro propósito. Se zigzagueó deteniendo nuestro avance, e inclusive hizo relucir una de sus herramientas, quizás para atemorizarnos. La señal de lucha comenzaba ya a desaparecer, y pronto vendría el cese de la batalla. Tres pasos, dos… uno…

¡Listo!

Lo había conseguido. Celebré mi victoria en silencio, tras la agotadora tarea. A mi lado, y tras de mi, algunos de mis compañeros me alcanzaban, probablemente tan cansados y alegres como yo, tras la victoria obtenida. Pero no habría mucho tiempo para celebrar, pues otra batalla se nos presentaba en un costado.

La señal venía otra vez…


…la luz verde, nos indicó que podíamos cruzar la calle, otra vez, ahora en la calle lateral.

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(Esta “teoría”, de autoría mía, la pueden haber leido o escuchado también como “Teoría de la Universidad de la Vida” o “Teoría de la Academia de la Vida”. Es lo mismo siempre).

Hará unos… ¿6? ¿7? ¿10? años atrás, estaba conversando con un conocido que tenía muchos problemas. Entre las cosas que me comentaba, era que no entendía por qué los problemas se le hacían tan grandes e incontrolables, cuando pasaba el tiempo, y que no sabía como enfrentar ese detalle. Y ese día, con lo que le expliqué, nació mi “Teoría de la Escuela de la Vida”.

¿Que dice mi teoría? Sencillo. Clickea en “Leer Más”.

Los problemas de la vida son como las pruebas académicas: están hechos para medir el nivel de aptitudes, herramientas, habilidades y aprendizaje que se han adquirido al momento de enfrentar ambas instancias; en el caso de la vida, las herramientas para lidiar con el problema, y en el caso de lo académico, la forma en que la materia y contenidos fueron aprehendidos por el/la alumno/a.

Ahora, como toda prueba académica, los problemas pueden ser dejados para otro día: se puede “faltar” a solucionarlos (evadiéndolos), se pueden presentar “certificados” (excusas) a uno mismo para no resolverlo, etc., pero eso no te exime de la prueba (o problema, en este caso); tienes que darla igual, tarde o temprano. Y ahí comienza -irónicamente- otro problema, pues, de la misma forma que las evaluaciones académicas son aplicadas tras un determinado periodo de tiempo, y de contenido entregado, los problemas también se suscitan en periodos determinados de la vida, donde la experiencia del momento, la etapa de vida, y el contexto en el que uno se encuentra están en relación directa al problema a enfrentar. Entonces, al evadir el problema (o la evaluación), y enfrentarlo más adelante, tanto la mente como el contexto, la experiencia y la etapa de vida son distintas, con nuevos problemas (acorde al nuevo escenario), y por ende, tornándose mucho más dificil de enfrentar o de solucionar, pues el pensamiento está en otro tema, muy distinto del evadido. Lo mismo que las pruebas recuperativas a fin de año se mezclan con las pruebas finales, ocurre con la experiencia en relación a los problemas.

Ahora, no siempre es negativo. A veces (aunque pocas) las nuevas experiencias pueden darle una solución más novedosa o diferente al problema evadido; pero a la vez, el desgaste emocional y mental es mucho mayor, y requiere de mucha más energia dedicada y puesta sólamente a resolver esa antigua situación / evaluación.

En eso consiste la “Teoría de laEscuela de la Vida” (Berger, 1997~2001)*

Favor de citarme si la llegan a usar con alguien más… wajajaja razz.

Saludos!

*: No recuerdo el año exacto; si bien me parece que fue el 97, no estoy 100% seguro. Incluso puede haber sido antes lol.

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